No recuerdo un momento de mi vida en el que la cocina no estuviera presente. De niña, me pasaba las tardes viendo a mi abuela preparar guisos que olían a hogar. Luego, en casa de mis padres, fui yo la que empezó a trastear con ollas y sartenes, a hacer mis primeras recetas y a invitar a amigos a probar mis experimentos. Algunos salían bien; otros, no tanto. Pero siempre había algo que me empujaba a volver a intentarlo.
Esa pasión me llevó a trabajar en restaurantes. Ahí aprendí que cocinar no es solo mezclar ingredientes: es entender los ritmos, los espacios, los gestos que se repiten. En una cocina profesional, todo está pensado para que el movimiento fluya. Si algo está mal colocado, el servicio se resiente. Si la iluminación no acompaña, los detalles se escapan. Fue mi primera lección sobre cómo el espacio condiciona lo que hacemos, aunque entonces no lo supiera.
Con esa experiencia a cuestas y muchas recetas en la cabeza, abrí este blog. Lo llamé elchefcoli —un guiño a mis raíces, a la cocina, al caos bonito de quien cocina por gusto y no por obligación. Durante años, este espacio fue un cuaderno de recetas y anécdotas, un sitio donde compartir lo que aprendía y lo que me salía mal, porque las recetas también fallan. Me gustaba contar la trastienda, no solo el plato bonito.
El piso que lo cambió todo
Comprar mi primer piso fue una mezcla de ilusión y vértigo. Era un piso antiguo, con suelos de terrazo, puertas de madera maciza y una cocina que parecía detenida en los años setenta. Los muebles estaban desvencijados, la distribución era un sinsentido y el gas butano todavía campaba a sus anchas. Yo, que había pasado tantas horas en cocinas, me encontré con una en la que no podía cocinar a gusto. No había sitio para apoyar una tabla de cortar, la luz era pobre y el extractor hacía más ruido que otra cosa.
La reforma de esa cocina fue un caos. Contraté al primer albañil que me recomendaron, elegí materiales sin tener ni idea y me fié de catálogos que prometían maravillas. El resultado fue un desastre a medio camino entre lo funcional y lo estético que me dejó agotada y con la sensación de haber tirado el dinero. Pero también despertó algo nuevo: una curiosidad casi obsesiva por entender cómo debía haberse hecho bien.
Empecé a leer sobre materiales, a comparar encimeras, a preguntar a profesionales. Descubrí que una cocina no es solo muebles bonitos: es una coreografía de gestos, una sucesión de zonas de trabajo que deben estar conectadas con lógica. Aprendí cosas que nunca me había planteado:
- La importancia de la iluminación puntual sobre la encimera, no solo una luz central que proyecta sombras.
- Las alturas de trabajo correctas para no acabar con la espalda rota tras una tarde de cocinar.
- Los acabados que realmente aguantan el vapor, la grasa y el paso del tiempo sin perder dignidad.
- Que un extractor mal elegido puede arruinar la paz de una casa entera.
Y me di cuenta de que todo eso que estaba descubriendo podía ser útil para alguien más.
De las recetas al diseño
Sin planearlo, el blog empezó a incluir artículos sobre organización de cocinas. Primero fueron consejos sueltos: cómo ordenar los armarios para no perder cosas, qué electrodomésticos valían la pena, cómo iluminar una encimera. Me gustaba pensar que escribía para alguien como yo unos años antes, alguien que cocinaba con ganas pero chocaba con los límites de su espacio.
Luego vinieron temas más amplios. Porque una cocina abierta al salón no se diseña igual que una cerrada, porque recibir a gente en casa cambia la manera de pensar la distribución, porque una mesa de comedor no es solo un mueble sino el lugar donde las conversaciones se alargan hasta tarde. Empecé a escribir sobre salones, sobre comedores, sobre esa frontera difusa entre cocinar y vivir.
Mi experiencia como cocinera me daba una perspectiva distinta. No miraba los espacios como un diseñador que imagina una escena perfecta, sino como alguien que sabe lo que pasa cuando salpica el aceite, cuando se acumulan los cacharros, cuando entran cuatro personas a la vez y alguien abre el horno. Diseñar desde el uso, no desde la foto. Esa fue la clave que impregnó todo lo que escribía.
Cuando la casa entera pidió atención
Después de la cocina vinieron otras estancias. El baño, que nadie quiere reformar pero todo el mundo agradece cuando está bien hecho. El salón, donde pasamos más horas de las que creemos. Los dormitorios, que deberían ser refugios y no almacenes. Empecé a documentar pequeñas reformas en casa, proyectos de bricolaje que aliviaban el presupuesto y me enseñaban a mancharme las manos sin miedo.
Con el tiempo, el blog se convirtió en un diario de transformación. Ya no solo había recetas, sino guías para elegir suelos, comparativas de pinturas, consejos para tratar con albañiles. Los lectores me escribían contándome sus propios líos con reformas, y yo respondía desde lo que había vivido y lo que seguía aprendiendo. Se creó una comunidad de gente que, como yo, se había lanzado a mejorar su casa sin ser experta y había descubierto que con información y paciencia se podía.
Llegó un punto en que me planteé dedicarme a esto en serio. No abandoné la cocina —sigo cocinando cada día, sigo creyendo que una casa se estrena de verdad cuando alguien